Del origen del diseño al siglo XXI ha habido una progresión acelerada de objetos, diseños y ritmos de producción que está llevando a su propio replanteamiento.
El núcleo de un buen diseño es su función y su buen funcionamiento, pero un objeto también ha de apelar a los sentidos, a la imaginación. Los humanos necesitamos que nos guste utilizar los objetos con los que desempeñamos nuestras labores cotidianas. La clásica tensión entre racionalistas y estilistas ha de permanecer sobre las cuerdas por los siglos de los siglos.
Hay una fuerte relación entre la función de un objeto y lo que sentimos ante él, una relación que se va haciendo más estrecha a medida que avanza la historia y nos llena de marcas, iconos y referencias. Una camiseta con determinado logo impreso en ella, independientemente de su calidad, nos habla de juventud, de informalidad, quizás de lujo sexy, más allá de que es una prenda de abrigo. La función quizás sea la misma, pero no tiene nada que ver ponerse una noche estrellada de verano una camisa de popelín, un body de lentejuelas o una camiseta.
Una historia de los objetos
La primera mitad del siglo XX aportó objetos de solidez demostrada. La mejor forma de contribuir a mejorar la vida humana era con objetos robustos y prácticos. El motor fuera borda Evinrude, ideado en 1909, pedido a través de un catálogo, se fijaba al bote mediante dos tornillos, que se adjuntaban en el pedido. A este motor sólo había que ponerle gasolina, darle a un botón y ponerlo en marcha. Los objetos tenían que funcionar sin un mantenimiento constante ni atención al cliente. El ajuste normal al cabo del tiempo lo tenía que poder llevar a cabo su propietario.
A medida que evoluciona el diseño, aparece la velocidad como necesidad ineludible. Las teteras tienen que hervir antes, los ordenadores ser más veloces y más ligeros, los coches baten récords en los circuitos, en las carreteras no es hasta el siglo XXI que empiezan a prescindir de este requisito para buscar otros valores como la solidez o el espacio. Nacen entonces los objetos aerodinámicos.
La electrónica: punto de inflexión
La electrónica cambia los valores, aportando cada vez más funciones a los productos. Nace el consumidor aturdido y el objeto entendido como servicio, es decir, objeto que incorpora todas las acciones que podrían hacerse con ese objeto, que prefigura el uso que va a hacer de él el hombre. El camino hacia un objeto-máquina que lo haga todo está servido, y la apuesta por el móvil como la futura memoria del hombre, en vías de realización.
El final de siglo fabrica objetos de usar y tirar en una rueda imparable de consumo. Esperemos que cuestiones como la preocupación por el entorno y la conservación de los recursos influyan en los diseñadores del siglo XXI, para inspirarles objetos más seguros, más simples y menos contaminantes.
Fuente para esta serie sobre el objeto: Guía Conran de diseño
Tags: objetos, origen diseño
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